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¿CREENCIAS O FE?

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En estos tiempos pascuales donde la fe en el Resucitado está puesta sobre el candelero como programa de vida nueva y quehacer comunitario, me viene a la memoria las “prácticas ocultas” africanas, contrarias al evangelio y a la fe cristiana y que se emplean muy frecuentemente para resolver problemas comunitarios…

Cuando algo no va bien en la sociedad africana, no se buscan las causas, sino el culpable de ese mal. Siempre hay un culpable, contra el que hay que protegerse empleando todo tipo de gestos, símbolos, encantaciones, mutilaciones, sacrificios o matanzas rituales…

Visto desde fuera, con mentalidad europea, “la sorcellerie” tiene sus vectores que conducen a ella:

  • La pobreza de la gente, que no sólo es material, sino cultural, ancestral y tabuística, donde toda la naturaleza esta llena de espíritus maléficos dispuestos a hacernos daño y entrar dentro de las personas a través de los cacahuetes o la chikuanga o cualquier otro alimento o bebida…
  • El miedo y la inseguridad de sentirse solo e indefenso ante el peligro que les rodea…
  • La ignorancia, que es muy atrevida y tonta y admite como “ndoki” a quien sabe más que nosotros y se le admite a ciegas cualquier cosa que diga sin someterla a crítica…
  • El deseo de grandeza y de poder, todo el mundo quiere ser jefe, mandar e imponerse a los demás…
  • Los conflictos a todo nivel, familia, poblado, clan región… llevan al hechicero en demanda de protección y ayuda…

La hechicería no tiene lógica alguna para una mentalidad

europea, pero si tiene fuerza ancestral en África y en sus pueblos y ciudades… y aunque los hechiceros sean pobres e ignorantes, explotan y se aprovechan del miedo, angustia e ignorancia de la gente para ganarse su vida…

    Cuando no es la fe quien nos mueve sino las creencias, estas acaban esclavizando a la persona que termina creyéndose lo que le conviene o teme. Quien se cree y se dice que está enfermo, terminará enfermo sin estarlo y luego se enfermará de verdad… (“El enfermo imaginario” de Molier). El desorden con el desorden no causa orden, de la misma manera que no es solución el “ojo por ojo”, “diente por diente”… así sólo se consigue que todos se queden sin ojos y sin dientes.

    El mejor antídoto contra la hechicería es la aceptación de uno mismo, aceptar lo que se es y tiene sin complejos ni envidias y sin creer que lejos está la solución que sólo está en casa. Cuando la persona se cree y acepta como es, con sus defectos pero también con sus potencialidades, valores y cualidades y tiene los pies en tierra, no pierde el sentido de la realidad ni de la vida.

    Entonces se es capaz de comprender que el mal no sólo está fuera, sino dentro de nosotros mismos… (“lo que mancha no es lo que entra, sino lo que sale de nosotros”…) Ya no veremos a los niños nerviosos o abandonados en la calle como “ndoki – hechicero”, sino como a niños hambrientos de alimentos y de amor que carecen de todo y que si se les da de comer y medios de vida llegará a ser una persona digna…

    No son las creencias ancestrales, sin la fe en el que ha resucitado de la miseria y de la muerte quien nos libera de las esclavitudes y nos da nuevas posibilidades de vida.

                    Vallekano 113 / 08

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2 comentarios

  1. Los carismas comunitarios

    Allá por el año 1968 el filósofo marxista heterodoxo Ernst Bloch pronunció una conferencia en Viena cuyo contenido ha sido dado a conocer entre nosotros por A. Álvarez Bolado. El título de dicha conferencia era: «Carismas de un pueblo en marcha» ¿Con qué dinamismos interiores ha de estar habitada una colectividad para que sea capaz de crear historia? Bloch decía que un pueblo en marcha necesita el carisma de lo profético, lo cantor, lo medical y lo regio. El contenido de la conferencia de Bloch lo podemos aplicar al caso de la comunidad.

    Lo profético
    Sin profetas no hay marcha. Una comunidad sin el carisma profético pierde su capacidad de analizar el presente y, sobre todo, de tender utópicamente hacia el futuro de Dios. Profeta es aquel hombre o mujer en quien el Espíritu se manifiesta taladrando el presente y abriéndolo dolorosamente a la promesa. Dice por qué las cosas están mal y su lenguaje no admite componendas, las cosas están mal por una ausencia radical de fidelidad a Dios. Arranca de comprobaciones sociológicas y políticas, pero lo que últimamente le interesa es poner al descubierto la causa radical (de raíz) del mal: el olvido práctico de Dios presente incluso en una piedad sin compasión y en un culto sin justicia.
    Porque deja las cosas al descubierto, sin ideologizarlas, y porque sitúa al hombre frente a las exigencias inapelables de Dios, el profeta puede resultar tremendamente duro y desabrido, una persona intolerable dentro de la comunidad. Ahora bien, lo que distingue a un profeta de un simple precursor de calamidades es su sentido vibrante de la misericordia y fidelidad de Dios. El hombre puede traicionar a Dios comportándose injustamente con los hijos de Dios; pero Dios no puede olvidarse definitivamente del hombre, porque su esencia consiste en ser relación salvadora hacia la humanidad. El profeta lo capta así, y por eso anuncia siempre la esperanza. Donde no hay anuncio de esperanza no hay profecía.
    ¿Por qué es tan importante la presencia de lo profético dentro de la comunidad? La comunidad quiere ser para la sociedad una “terapia de shock”, una curación a través de la sacudida que produce poner al descubierto la realidad empecatada del mundo y, sobre ello, la difícil esperanza que vincula la promesa a la conversión de los corazones y de las estructuras a Dios. Sin el elemento profético, la comunidad se vuelve amorfa, insulsa, no sabe exactamente para qué vive, pierde su orientación y el sentido de su misión. La comunidad necesita de lo profético como el pan de la levadura.
    Y, sin embargo, no basta. Una comunidad que estuviera formada por ese solo carisma no marcharía. ¿Cuánto tiempo habrían aguantado juntos Oseas, Amós, Isaías y Jeremías? Probablemente, muy poco. El profeta es muy personal en sus visiones y tiene sus grandes limitaciones a la hora de captar todos los elementos que constituyen la realidad y la marcha. Es levadura, pero no sabe hacer pan; y ambas cosas son necesarias para la comunidad. A su lado tiene que haber otra gente, otro carisma, que abra la realidad a otras nuevas dimensiones y aporte al grupo otros componentes imprescindibles de la marcha.

    Lo cantor
    Mientras caminamos, mientras tratamos de modelar nuestra historia personal y comunitaria y la historia del mundo de acuerdo con el Evangelio de Jesús, se van produciendo hechos y acontecimientos que merecen ser cantados y celebrados. ¿Quién lo hará? No ciertamente el profeta, perpetuamente ocupado en lo que todavía falta por hacer y, a veces, hasta crispado por la lentitud de la marcha.
    El cansancio es, por otra parte, un dato más que humano en el tiempo presente. La comunidad puede tener muy al vivo la experiencia de la enorme desproporción existente entre los esfuerzos invertidos y los resultados cosechados. ¿Quién alentará la marcha en las horas bajas del desaliento? El profeta, en todo caso, tiene una cierta obsesión por seguir ahondando en la condición humana, y la esperanza que anuncia ve que va para largo.
    Aquí entra en juego el cantor. Ese hombre o mujer con capacidad de captar y cantar la salvación que ya existe entre nosotros en toda forma de amistad que crece, de Reino que aporta, de paciencia que resiste. El Reino de Dios es un horizonte siempre inacabado, pero es también presencia dentro y fuera de la comunidad. Cuando, por la dureza de la vida y de la misión, este ya se vuelve imperceptible, son los cantores los encargados de señalarlo con su canto y los únicos capaces de volver a poner a la comunidad en pie para profundizarlo. Una marcha continuada, alegre y resistente a un mismo tiempo, necesita de los cantores como la fiesta de la música que la acompaña.
    Es lo que descubrió la teología de hace unos años. Al reflexionar sobre sí misma, sintió que tal vez se habría puesto excesivamente seria en sus versiones de Teología de la esperanza, de la revolución, de la Cruz y otras similares. Demasiado seria y con demasiado poco espacio para celebrar lo que en la vida ya es presencia del Señor entre nosotros. No se trataba, está claro, de negar los fundamentos de esa «seriedad» –están demasiado presentes para ignorarlos-, sino de recuperar el gozo de vivir al servicio de la causa de Dios en el mundo y palpar ya algunas de sus promesas. Así es como nacieron aquellas tres obras cuya actualidad, según creo, sigue siendo incuestionable: Fiestas de locos, de Harvey Cox. Sobre la libertad, la alegría y el juego, de Jürgen Moltmann, y Cristianos en fiesta, de Juan Mateos.
    En aquel momento escribía H. Cox: «La fiesta sin política se vuelve insulsa, pero la política sin fiesta es peligrosa». Festejar sin más, desconociendo el sentido profundo de lo que se celebra y el hacia dónde de esa celebración, aburre a la larga. Vivir tenso hacia el futuro a través de un compromiso radical, sin gozar de ese esfuerzo y de lo que se va produciendo, crea hombres duros, incapaces de toda sonrisa y ternura. En ese sentido, peligrosos.
    Dentro de un mismo grupo, en una misma comunidad, la tentación del profeta será excomulgar al cantor, -«tal como está el mundo, no cabe fiesta»-; y la tentación del cantor será huir del profeta que le resulta agrio e inaguantable. Y, sin embargo, ambos son igualmente necesarios para mantener en pie la larga marcha de la comunidad.

    Lo medical

    En todo grupo humano hay enfermos, también en la comunidad. A unos les duele el corazón, a otros el hígado y casi todos llevamos heridas profundas en nuestra alma. Una comunidad que no admita enfermos no puede llamarse cristiana: pero la cuestión está en ver quién puede ofrecerles una mano. Al enfermo no le pone en marcha el profeta ni el cantor. Ni está para cantos ni mucho menos para que alguien lo culpabilice todavía más por su enfermedad. Lo que necesita es un médico que lo cure.
    Todos conocemos ese tipo de hombre o de mujer cuya aportación fundamental al grupo o comunidad consiste en saber acercarse silenciosa y humildemente a cada uno, intuir sin muchas preguntas dónde está su herida y tratar de curarlo devolviéndole grandes dosis de confianza en sí mismo y en la obra que Dios quiere hacer a través de él o ella. Su presencia es absolutamente necesaria y preciosa dentro de una comunidad en una época como la nuestra, en la que una civilización “enferma” de egoísmo e injusticia produce todo tipo de heridas, especialmente las que no son fáciles de curar porque están ocultas.
    El médico no es cantor ni profeta -otra vez los peligros de la excomunión- pero es tan necesario a la vida comunitaria como ellos. Al que se sienta al borde del camino, herido y cansado, no le echa a andar más que el samaritano que entiende de vendar heridas.

    Lo regio
    Es el servicio de la autoridad. Cuanto más rica sea una comunidad en presencias carismáticas, más necesaria se hace su coordinación de cara al encuentro personal y comunitario con la voluntad de Dios en la historia. Sin ese servicio, el mundo interior de la comunidad puede resultar caótico y la expresión de los diversos carismas puede derivar en algarabía epidérmica y en mutua e ineficaz neutralización para la misión.
    El hombre por naturaleza se preocupa por sí mismo, por los intereses personales más que por los intereses de los demás. Para salir de sí mismo, no hacia una causa mayor que él, necesita un discernimiento acompañado que le ayude a distinguir el movimiento de Dios en la marea de sus propios movimientos interiores. La comunidad, por otra parte, no puede deducir inmediatamente lo que Dios quiere de ella. Dios se esconde en el mundo, su voluntad es objeto de un discernimiento permanente que a largo plazo no puede ser convenientemente animado, coordinado y realizado en la comunidad sin el servicio de la autoridad del carisma regio. Ese carisma normalmente está repartido, unos lo tienen para unas cosas y otros para otras. La autoridad máxima está en el conjunto de los miembros comunitarios y el consenso al que se llega por auténtico discernimiento y es confirmado por la experiencia de estar todos contentos con la decisión adoptada y que será respetada por todos.
    En una comunidad que renuncia realmente al poder, toda autoridad deberá aparecer como una forma de servicio, y toda decisión como colegial, ya que cada uno, incluso los menos dotados, están invitados a construir la verdad (Juan 3,21; 8,32), puesto que sin esta verdad no habrá libertad para los pequeños y los pobres.
    Por lo mismo, la comunidad se constituye en nuestro mundo en un espacio y un tiempo de verdad y de libertad, en los que nadie debe pretender llamarse padre o maestro (Mateo 23,8-11) porque todos contribuyen a la construcción de la comunidad.
    ◦ ◦ ◦
    ¿Hay alguna alternativa frente a la real posibilidad de que los distintos carismas terminen excomulgándose mutuamente e imponiéndose dictatorialmente sobre los demás? La alternativa consiste en que cada uno sepa ver en los demás aquel modo en que Dios se hace presente al grupo como gracia –carisma- y «reconocerlo» como tal. A partir de ahí, las tentaciones de excomunión se convierten en conciencia de complementariedad y en aceptación agradecida de aquellas otras presencias sin las cuales la comunidad se vería imposibilitada de proseguir su marcha. Naturalmente, las tensiones seguirán en pie, porque el profeta, el médico y el cantor seguirán siendo lo que son, y sus visiones no siempre serán coincidentes, pero será una tensión creadora: la que se produce con vistas a que la comunidad sea y se mantenga como hogar hacia dentro y como taller hacia fuera: comunión y misión.
    Reconocer a los demás va en paralelo con conocerse a sí mismo. Todos contamos con algún tipo de presencia de Dios en nosotros para el servicio de los demás. Es preciso pararse a descubrirla. Es bueno sentirnos habitados por ella y descubrir su vocación interior de ponerse al habla con el resto de las otras presencias. El problema suele estar frecuentemente en el hecho de que esa conciencia es muy débil dentro de nosotros y en que, por una secreta venganza y, a –veces secreta realidad, no nos decimos unos a otros esa palabra de reconocimiento que tanto necesitamos escuchar. Esa palabra, dada y recibida a un mismo tiempo, liberaría dentro de nosotros energías insospechadas que serían puestas al servicio de la marcha interna y misionera de la comunidad y que normalmente quedan prisioneras del miedo o de la agresividad.
    Los«carismas de un pueblo en marcha», de los hablaba Bloch y que nosotros hemos traspuesto a la comunidad son probablemente tan importantes para su equilibrio y su dinamismo externo que deberían estar presentes en toda comunidad
    Madrid, 2 de julio 2008


  2. Nuestra gratitud, Luis, por hacernos partícipes de este fragmento de tus investigaciones sobre el folósofo Erns Bloch, en el tema de los “Los carismas comunitarios”.
    Una vez leída tu aportación, hemos de sentir que todos y cada uno podemos y debemos ser un poco “profetas”, “cantores” y “médicos”, para hacer mejor el grupo o la comunidad en que nos desenvolvenos.
    ¡Gracias por compartirlo con todo el grupo misionero, y por ponerlo a disposición de otros lectores que puedan entrar en nuestro Blog ASOL!
    Carmelo.



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