Recientemente, en el mes de Julio, he tenido la enorme suerte de vivir tres semanas en medio del pueblo congoleño, al lado de sus gentes. Y siento que he adquirido con ellos una deuda de agradecimiento que sólo podré solventar dando testimonio de todo lo que allí he visto, de todo lo que en ellos he descubierto y de lo que entre ellos he sentido.
Y eso es lo que quiero hacer aquí, escribiendo desde el fondo del alma, a pecho descubierto. Por eso aquí y ahora
QUIERO DAR TESTIMONIO DE LO QUE HE VISTO.
Y he visto un pueblo que lleva una existencia muy dura, muy pobre, sujeta a enormes dificultades en todos los aspectos de la vida. Más del 60 % ¿vive? con menos de 1$ diario. Esto supone millones de personas muy mal alimentadas. Muchos de ellos sólo comen una comida al día. Incluso nos han dicho amigos informados que empieza a haber familias que se turnan para comer esa única comida: hoy comen los niños, y mañana les tocará comer a los mayores.
Yo he visto las casas donde viven: sus casitas pequeñas, raquíticas, inseguras, insalubres, con sus techos de chapas. Las de los innumerables barrios populares de Kinshasa, que surgen como hongos sobre los suelos arenosos de las colinas que forman esa ciudad de aluvión de 10 millones de habitantes. Y las casas, ¿cabañas?, con paredes de adobe rojizo y techos de paja de los poblados que se levantan a ambos lados del camino que recorre los 250 km. Que separan Mbuji Mayi de Kabinda.
Y unas y otras las he visto por dentro. Y os puedo decir que no reunían las mínimas condiciones que las pudieran hacer mínimamente cómodas y habitables: ningún mueble ni cama, pero eso sí, en ellas se amontonan un gran número de pequeños y grandes. ¿Qué se puede hacer dentro de ellas si no es sólo dormir?
¿Será esta una de las razones por las que tanto en Kinshasa, la capital, como en Kabinda, en el Congo profundo, toda la gente vive en la calle? La comida se prepara en la calle, delante de la casa, en la calle se agolpan los mercados, atestados de tiendas y de puestos donde se compra todo y se vende de todo, lo mismo alimentos que muebles o vestidos; todos quieren vender, ya que cualquier persona, mujeres sobre todo, para seguir viviendo, deben tener algo que poner a la venta, aunque lo hayan comprado un rato antes por unos francos menos. En la calle cortan el pelo los y las peluqueras, en la calle se ponen a coser en sus máquinas los sastres y las costureras, en la calle funcionen los talleres mecánicos donde volverán a marchar unos coches que aquí serían carne de desguace, en la calle, al aire libre, se montan los puestos de comida preparada en la misma calle, a la vista de todos… Por eso la
calle, desde muy temprano y a lo largo del día, rebosa de vida y de personas. Personas que van y vienen, jóvenes sobre todo, que caminan, en movimiento siempre, sin que los que los vemos sepamos bien hacia dónde se mueven. Sin trabajo, parados pero que no se paran. ¿Será por esto el pueblo congoleño un pueblo que se mueve sin cesar, un pueblo que camina, un pueblo en marcha?
Yo he visto sus colegios, vacíos ahora de alumnos por las vacaciones. Pero en ellos he podido asomarme a las condiciones de la educación en la RDC. En Kabinda los mejores colegios no tienen menos de 100 u 80 alumnos por cada profesor. Profesores que en los mejores casos cobrarán del Estado mensualmente 28 $, ridículo salario que llega cuando quiere. En Kabinda también, sin transporte ninguno, son muchos los alumnos y alumnas que tienen que hacer a pie cada mañana 8, 10, 12 kms para llegar a clase a las 7,30 y de nuevo recorrerlos por la tarde para volver a casa. Sin olvidarnos de los niños y chicas mal nutridos.
Y ¿qué hacer cuando esta gente enferma? Porque en el Congo hay malaria, mucha, y tifus (la fiebre amarilla), y también VIH y desnutrición… y otras enfermedades… y las mamás siguen pariendo hijos. También de todo esto hemos sido testigos. Por eso puedo hablar de las espantosas condiciones sanitarias que sufre el pueblo congoleño: no hay nada gratuito, hay que pagarlo todo: médicos, tratamientos, medicamentos…Y eso cuando los hay.
Yo he visto un pueblo sin trabajo: no hay industrias, no se hacen obras públicas y apenas hay servicios. Por eso yo he visto en todas partes enormes caravanas de parados. ¿Es el Congo un pueblo de parados?
¿Y las infraestructuras? Casi no existen, ni transporte público alguno. Yo he visto las calles de los barrios populares de Kinshasa llenas de taxis viejos y achatarrados, milagros remendados de chapas de colores con ruedas, y en los que se apretujan los viajeros. En uno de estos taxis, muchísimo más fuerte y resistente, hicimos el camino de 250 kms., de Mbuji Mayi a Kabinda durante nueve horas, y sorteando incontables baches, anchos y profundos y dunas arenosas, mientras el cuerpo se iba destartalando con tanto traqueteo. Y una vez en Kabinda ¡a andar! Todo hay que hacerlo a pie, ni coches ni tampoco luz eléctrica.
Como telón de fondo de este tremendo cuadro también hemos podido revivenciar con ellos que este pueblo viene de recorrer un largo camino de mucho sufrimiento: 40 años de dictadura con Mobutu, 10 años de dos guerras con un total de cuatro millones de muertos y las secuelas de miedo, hambre, desarraigos, y pérdidas de todo que conllevan las guerras.
Y yo me he preguntado muchas veces: ¿Cómo este pueblo puede seguir viviendo, marchando, en estas condiciones? La respuesta me la ha dado
LO QUE HE IDO DESCUBRIENDO
Yo he descubierto a un pueblo fuerte, con gran capacidad de sufrimiento, demostrada todos los días y a cada momento. Porque duele el hambre, la poca comida sobre todo para los hijos, porque duele la casa tan pobre, tan falta de todo, porque duele la falta de agua para beber y el tener que ir a buscarla todos los días a costa de buenas caminatas, porque duele que los hombres y jóvenes no tengan trabajo, porque duelen los ínfimos e irregulares salarios de los pocos que trabajan, porque duele no disponer de médicos, tratamientos, medicamentos y hospitales sobre todo cuando los niños se ponen malitos, porque duele…Mucho dolor y mucho sufrimiento. Pero llevado y vivido con una enorme dignidad.
Porque yo he descubierto a un pueblo valiente, animoso, resistente, que no se hunde ni se rinde ante las dificultades, que se levanta todas las mañanas y se pone otra vez en movimiento y busca y emprende en lo que puede.
Yo he descubierto un pueblo enormemente trabajador. ¡Cómo me emocionaba contemplar aquellas caravanas de mujeres con esos grandes fardos sobre sus cabezas caminando hacia el mercado o acarreando desde el campo los leños que se harán carbón vegetal para vender después en montoncitos, o llevando también a la cabeza los grandes bidones de agua desde la fuente hasta la casa! ¡Y el espectáculo de los hombres empujando esas bicicletas sobrecargadas de enormes sacos de maíz o bidones amarillos de aceite de palma, a lo largo de los 250 kms. De camino que va desde Kabinda a los mercados de Mbuji Mayi, atravesando ríos en viejas plataformas! ¡Las bicicletas, los únicos animales de carga para el transporte en toda esa región!
Pero ¿por qué no dejarán vivir a este pueblo?
Un pueblo amante de la vida y defensor del enorme tesoro que es para ellos la familia, los hijos, siempre numerosos, y los mayores, los que serán después nuestros antepasados. Un pueblo alegre, que sabe y que quiere celebrar y festejar con la misma fuerza y capacidad con la que trabaja y sufre y resiste. Un pueblo colectivo, comunitario, que sabe unirse en los
barrios para trabajar juntos, por ejemplo, para paliar los efectos tremendos de la erosión. Un pueblo acogedor, también del extranjero, aunque sea blanco. Yo he sentido aquí dentro la sonrisa de sus niños, de sus jóvenes y de sus mujeres, el saludo que te acoge con tres besos, su cercanía y su complicidad.
Y para culminar este descubrimiento yo he descubierto un pueblo con conciencia de sus
derechos: de la explotación que desde casi siempre ha venido sufriendo, de la que sigue ahora y de la necesidad de un presente y un futuro mejor, en paz y en desarrollo. Y para todo eso se prepara, se conciencia y cada día más se organiza. ¡Qué esperanzador resulta, como ejemplo de esto, ese plan que es ya realidad de “Alfabetización Concientizadora” para las mujeres. De todo esto ya han dado testimonio el referéndum de la Constitución del año 2005 y las dos vueltas de las Elecciones Presidenciales del año 2006.
Por eso ante todo esto una pregunta me ha estado martilleando por dentro desde los primeros días de mi viaje: ¿POR QUE NO DEJARÁN VIVIR A ESTE PUEBLO?
Porque el Congo, este pueblo que yo he visitado y he descubierto, posee unas riquezas naturales incalculables: oro, diamantes, coltán, cobre, cobalto…y ahora petróleo…
UN FUERTE SENTIMIENTO CRECÍA DENTRO DE MÍ:
La rabia y la indignación me subían desde las tripas hasta salirme por la boca: contra los enemigos de este pueblo, que son los enemigos de todos los pueblos, el sistema neoliberal, intrínsecamente perverso, con sus fieles servidores el FMI, el BM, la OMC, y las multinaciones de la nueva globalización, sin olvidar a los gobiernos de algunos países limítrofes, sobre todo Ruanda, todos ellos ejecutores del saqueo y el expolio del pueblo congoleño.
Y hoy, después de este viaje, me encuentro más fuerte y aclarado que nunca en mi lucha contra este sistema y a favor de sus víctimas. Porque a cada paso que daba era el grito del pueblo congoleño, un grito de justicia, el que resonaba en mis oídos y golpeaba en mi corazón. Por él y por sus gentes siento hoy, junto a la admiración, un enorme cariño, lleno de gratitud y de complicidad. Naturalmente que los llevo conmigo, que alimento dentro de mí su recuerdo, sus problemas, sus caras, sus nombres y sus esperanzas…y cuando me sea posible sin duda VOLVERÉ.
Pedro Espinosa (Comité África Negra)